Cuando descubrí que iba a ser madre por primera vez fue uno de los días más felices de mi vida. No puedo expresar con palabras lo feliz que me sentí. Después de haberlo deseado tanto, al final iba a hacerse realidad. Después de 9 meses de espera y un parto un poquito complicado por fin podía ver la cara de mi niño, César. Los meses fueron transcurriendo con normalidad y las revisiones eran normales. Al poco tiempo nació su hermano, Mario y ya fue una felicidad completa. César era muy cariñoso con él y le cuidaba y daba besos, no tenía celos y le encantaba estar con él.

Y pasó el tiempo y por fin llegó… el temido primer día de cole. Teníamos muchos nervios, nunca había ido a la escuela y aunque era un niño cariñoso, alegre y feliz no sabíamos cómo iba a afrontar el estar con niños que no conocía. La adaptación comenzó genial: ni lloros, ni no quiero ir al cole… nada. Él era feliz y nosotros también.

Pero esa felicidad no iba a durar mucho. Unas semanas después, su profe me dijo que notaba que César no se comportaba como los niños de su edad. Me dijo que si había algún problema, a lo que yo conteste que no. Pasados los días, la profesora estaba cada vez más convencida de que le pasaba algo. Notaba que al jugar con los compañeros no lo hacía con ellos, sino a parte y a la hora de atender su atención era muy dispersa, aunque luego se enteraba de todo.

Entonces comenzó nuestra vida de médicos, psicólogos, luchas por que le valorasen en el colegio… de un sitio para otro sin saber qué le pasaba. Y la respuesta era siempre que era pequeño todavía para saberlo.

Después de insistir mucho en el cole, la profe consiguió que lo valoraran y nos derivaron a terapia por un problema del lenguaje, pero aun así la profe seguía diciendo que César tenía algo más. El primer año de colegio fue horrible, me daba miedo cada vez que la profe me decía que me esperara para hablar con ella. No podía dejar de llorar, me sentía culpable, me preguntaba qué había hecho mal, por qué mi hijo era así…

Toda la gente me decía que no me preocupara, pero ¡cómo no iba a preocuparme! A mi hijo le pasaba algo y quería saber qué era para poder poner solución cuanto antes. No fue hasta el año siguiente cuando ya la profe, desesperada de que no quisieran volver a valorarle, decidió que fuera alguien de la terapia externa a verle al colegio y fue allí donde le dieron un primer diagnóstico: César tenía TDAH. De ahí el comportamiento que tenía. No es que fuera un niño que hiciera trastadas, era un niño que no paraba quieto y no atendía.

Pero si no era suficiente todo lo que habíamos pasado ya, en febrero del año pasado, César sufrió una crisis epiléptica y estuvo cuatro días ingresado sin saber por qué le había sucedido. Fueron unos días difíciles para todos, además teníamos a Mario que sólo tenía tres años y no entendía por qué mamá y César no dormían en casa y por qué César no podía jugar con él.

Después de muchas pruebas, nos dijeron que le iban a poner tratamiento para las crisis, porque no sabían exactamente por qué le había pasado. Tenía daños en la parte blanca del cerebro irreversibles y para que no le volviera a pasar, le medicaban.

Seguimos con nuestra vida todo lo normal que se podía llevar y al final, en junio del año pasado, ya con 5 años, conseguimos que en Salud Mental nos confirmaran lo que ya nos habían dicho. Con ese diagnóstico volvimos al colegio a pedir que le valoraran otra vez y ponerle los apoyos que necesitaba, pero nada, nos decían que ya le habían valorado en 3 años y que hasta Primaria no lo volverían a hacer.

Ese año se graduó con el resto de sus compañeros, la mayoría de ellos grandes amigos que le quieren tal y como es y a los que él adora. Ese día me dio mucha pena que ya no fuera a estar con su profe de Infantil, después de todo lo que había hecho por él. Era el momento de soltar su mano y emprender un camino nuevo con otro profe. No tendré vida para agradecerla todo lo que ha hecho por él y todo lo que ha trabajado.

En septiembre de este año ha pasado a Primaria, todavía sin apoyos. Comenzó el curso con la misma ilusión que los otros anteriores. En octubre de este año, a César le concedieron una discapacidad del 33% por TDAH y ni con eso he conseguido que se le valore y se le pongan los apoyos que necesita. Me dicen que está en lista de espera, que no saben cuándo le van a valorar porque la orientadora solo va un día a la semana, y como es un niño muy inteligente, va siguiendo el ritmo de la clase y va aprobando no es prioritario.

Su profesor de Primaria se está involucrando mucho con él y le ayuda bastante, tenemos que agradecerle todo lo que hace por César. Todo lo que le proponemos para poder ayudarle dentro del aula le parece bien y nos apoya. Pero para César eso no es suficiente, necesita unos apoyos estables y para eso tienen que valorarle y establecerlos en el colegio.

Hace dos semanas, harta de esperar una solución, fui a Inspección y he puesto una reclamación pidiendo por favor que lo valoren de una vez, pero si las cosas siguen así tendré que ir más veces hasta que por fin consiga lo que mi hijo necesita.

Una de las cosas más duras del día a día es explicar a mi hijo de 4 años por qué su hermano no le hace caso cuando le llama, o por qué a veces no quiere jugar con él y le dice que no quiere un hermano y a los dos segundos le besa y le abraza como si nada hubiera pasado. Muchas veces miro atrás por todo lo que hemos pasado y estamos pasando y saco solo una cosa en claro: aunque volviera a nacer mil veces lo único que no cambiaría de mi vida actual es tener a mis hijos conmigo porque no me importa lo que tengan o lo que tenga que trabajar con ellos, siempre tienen una sonrisa y una frase bonita para mí y cuando eso pasa todos los malos momentos se olvidan. Soy feliz y no me importa tener que luchar contra el mundo entero con tal de conseguir que ellos sean felices.

Zarina