Permítannos que usemos esta pregunta para hablar de lo que puede ser la inclusión en la educación. Las escuelas están pensadas para seguir un único modelo de aprendizaje, un mismo molde en el que tienen que encajar sí o sí todo el alumnado, independientemente de sus capacidades y características. No está adaptada, ni mucho menos, para seguir el ritmo de cada niño, y ni por asomo, para seguir los intereses de cada cual. Son los niños y las niñas las que tienen que adaptarse al currículum escolar y no al revés.

Y todo esto sin pensar en que los niños de hoy estudian con un formato que no tiene en cuenta cómo será su mundo el día de mañana, su futuro. No se atiende a sus emociones, ni a los valores como persona. Solo importa la adquisición de materias, la competencia y las notas que marcarán los exámenes y títulos.

Por supuesto que no todas las escuelas son así, ni tampoco todos los maestros. Pero sí que son así las leyes que dictan la educación.

¿Se imaginan cómo encajan en este esquema los niños y las niñas que presentan algún trastorno en su aprendizaje?

¿Se imaginan lo fuera de lugar que puede sentirse este tipo de alumnado cuando tiene que aprender ciertas materias de una forma que no está adaptada a su forma de entender el mundo?

De unos años a esta parte hemos avanzado en integración. Pero no en inclusión.

¿Saben cuál es la diferencia entre integración e inclusión?

Permítannos ahora usar una imagen tomada de un artículo de Escuela en la Nube para verlo mejor que leerlo:

O esta otra imagen de Más Talentos:

En la escuela de hoy, lo que se hace, y no siempre, es integrar. El alumnado que presenta diversidad funcional recibe apoyos, pero estos no se hacen dentro del aula con el resto de sus compañeros, lo que sería una inclusión real, sino que este alumnado es ‘sacado’ del aula para recibir el apoyo, lo que le excluye de la rutina de su aula de referencia. Está dentro del colegio, pero en otra aula (como se puede ver en los dibujos que representan la integración).

Pero hay más. Nunca llegaremos a una inclusión real si previamente no hemos interiorizado la palabra ACEPTAR. Como personas adultas, porque los niños no tienen prejuicios y ellos aceptan por naturaleza, como personas adultas tenemos que empezar a aceptar la diferencia, a aceptar que cada uno de nosotros somos diferentes y que gracias a la diversidad tenemos un mundo tan bonito. Aceptar que hay gente cuyo organismo funciona de una forma distinta a la de la mayoría. Una forma distinta, que no quiere decir que sea peor.

ACEPTAR al otro para poder llegar a la inclusión. Sin aceptación no hay inclusión. Y eso es un trabajo que tenemos que hacer como personas, digan lo que digan las leyes de turno. Si como personas aceptamos la diferencia, la inclusión viene dada.

Y en toda esta madeja se produce una paradoja: nuestro mundo actual cuenta con las herramientas necesarias y los instrumentos para poder incluir. Existe la lengua de signos, los pictogramas, los libros en braille, los teclados de ordenador, las sillas motóricas, audífonos, adaptaciones de todo tipo para todo tipo de materiales. Y también existe el velcro, los corchetes, los botones…

Entonces, si tenemos las herramientas que nos facilitan el acceso al conocimiento, ¿por qué no entre todos facilitamos la vida en sociedad de las personas que así lo necesitan?

Si existe el velcro, los corchetes, los botones… ¿por qué nos tienen que obligar a aprender a atarme los cordones de los zapatos si mis manos no pueden?